viernes, 23 de diciembre de 2011

Proyectos de Adictos diciembre: Navidad en Casa.

¡Buenos días!
Una vez más, es día de publicación en Adictos a la Escritura, y aquí dejo mi texto que espero cumpla con la consigna "versionando la Navidad".
Espero que lo disfruten y comenten todo lo que les parezca que haya que revisar, corregir o quitar.
Prometo estarlos leyendo en estos días, aunque por mis nuevos horarios y el poco tiempo que puedo dedicar a internet, sé que tardaré en leerlos a todos.


¡Feliz Navidad a todos y muy feliz Año Nuevo! Ha sido un placer compartir con ustedes este año, espero que estemos todos juntos en 2012, y que todos tengamos oportunidades de cosechar éxitos y alegrías. ¡A escribir como verdaderos Adictos!





Navidad en casa.

Tomó la pequeña cartera y se sentó junto a la ventana.

Fuera, el paisaje de diciembre no era nada prometedor, con su sol brillante y sus escasas sombras de mediodía. El calor se elevaba desde el suelo, danzando cual serpiente encantada al ritmo de los rayos del astro Sol.

El pasto, verdísimo, no brillaba a esa hora. Los aspersores se encenderían más tarde, cuando el sol bajara, y la tierra apagaría su sed finalmente. Por ahora, el paisaje se apreciaba seco, intenso, apabullante.

Blanca extravió la mirada entre las ramas inmóviles de los árboles. No tenía dificultad para escuchar el trino de los pájaros, y mientras más se concentraba en ellas, mejor comenzaba a oír las risas masculinas, las voces elevándose alegremente, el sonido de los cubiertos sobre los platos, el entrechocar de vasos y copas.

Siempre había una fiesta, una celebración, una alegría en su memoria. Así era como los que no estaban seguían haciendo sentir su falta, colmando de risas sus recuerdos, dando un ligero vuelco a su alma.

Blanca les dejaba hacer. Sabía que era el pago por estar allí, sentada en aquella silla, llenando sus pulmones con el aire caliente que se colaba desde el patio. Era el precio de vivir.

Abajo, algunas personas entraban o salían del edificio sin muchas prisas. Blanca no miraba a los viejos como ella, que sólo le recordaban su vejez, pero sí seguía los pasos de las personas jóvenes, y en todas le parecía encontrar el rasgo de alguien del pasado. La sonrisa de aquel hombre, la cabellera de aquella mujer, el modo de andar de aquella jovencita… Todos estaban presentes en otros, como si jamás se hubieran ido.

A veces se dejaba llevar por la fantasía de que uno sólo de ellos levantaba la mirada, y al encontrar la suya, alzaba un brazo en amable reconocimiento. Como si fuera entonces el turno de los muertos de adivinar su presencia.

Estaba viendo a un señor, detenido a la sombra del camino de entrada, que escribía afanosamente en su celular, pensando que el gesto de concentración de su rostro curtido por el sol bien podía asemejarse al de su hermano pequeño, cuando escuchó una voz a sus espaldas.

─Parece que alguien tiene visita…

Era Flora, una de las muchachas que siempre le hablaba en tono alegre. Se hizo a un lado en la entrada de la habitación, y una mujer más joven entró lentamente.

Tenía la piel muy pálida, los pómulos altos y pronunciados. Ya casi no le quedaba labial en los labios, y varios mechones de cabello habían escapado al moño que se había hecho en la nuca. 
Una ligera capa de sudor brillaba sobre su frente.

Pero Blanca se fijó sobre todo en sus ojos, negros, profundos y apagados, sin que en ellos pudiera brillar la sonrisa que le estiraba los labios.

La mujer se veía agotada, machacada quizás por el calor, consumida por años y años de sacrificios. Y aún así, se la veía fuerte, confiada y decidida.

Se acercó a ella, que seguía silenciosa en su silla, y le tomó las manos entre las suyas. La miró a los ojos, buscó en ellos, les hizo preguntas que temía que fueran respondidas.

Finalmente, habló con voz suave.

─Abuela, ¿se acuerda de mí?

Blanca sintió el tirón de la sorpresa haciéndole pegar un brinco a su corazón y miró a la mujer con asombro.

─¿Se acuerda, abuela? Soy Marcela. La vine a buscar, esta Navidad la pasa conmigo. ¿Se acuerda?

Marcela vio su propio reflejo en las líquidas pupilas de la anciana, pero no halló mucho más. Suspiró; una pequeña concesión al cansancio y a la tristeza. Ante sí tenía a una mujer que amaba y respetaba como a pocas personas, y que este año, el primero después de siete, llevaba a su casa para pasar las fiestas.

Sabía que no sería sencillo pasar esos días cuidando de ella y de los tres niños. Encargarse de la cena de Navidad, de los obsequios, de la casa… Había tenido que firmar muchos documentos donde se responsabilizaba por la salud de su abuela, y allí estaba, esperando que recordara que era la niña a la que había trenzado el cabello incontables veces, mientras le narraba alguna historia antigua, de cuando era joven.

Pero Blanca seguía mirándola. Ahora la sorpresa no era tan evidente en sus ojos, y una pequeña sonrisa cariñosa comenzó a marcarle las arrugas del rostro. Separó una mano temblorosa y la pasó por la suave mejilla de la mujer.

─¿Mamá? ─preguntó con voz rasposa, la esperanza brillando en ella.

Marcela suspiró otra vez, pero en esta ocasión para impedir que el nudo que se le había hecho en la garganta terminara desatando las lágrimas que deseaba contener.

Apoyó su mano en la que le acariciaba la mejilla, y mirando directo a los ojos de su abuela respondió:

─Si, Blanca, soy mamá. Espero que te hayas portado bien para que pueda llevarte a casa.

Y aunque la sonrisa que le regaló su abuela era un regalo apreciado, sabía que esas navidades le dolerían mucho tiempo en el alma.

12 escribieron conmigo.:

Santiago Sevilla Vallejo dijo...

Un relato estupendo. Está muy bien narrado cómo Blanca tiene su conciencia, aunque fuera del presente, en el que vive y lucha Marcela.

Dolly Gerasol dijo...

Estoy emocionada hasta las lágrimas... Me siento muy identificada. Mi querida abuela no me reconocía los últimos siete años de su vida y me dolía mucho, ahora ya no la tengo conmigo físicamente pero siempre la llevo en mi corazón.
Feliz Navidad!
Saludos

Patricia O. (Patokata) dijo...

Que conmovedor Maga, al menos hay alguien de su pasado en su vida presente que vino por ella.

Te deseo una muy feliz navidad junto a toda tu gente y que el año que viene sea portador de muchos éxitos para tu vida; además de salud, trabajo y amor, obvio!!!

Ni qué decir que fue un verdadero placer participar en la Maratón, fue muy productivo e inspirador!!

Un gran abrazo!!

Laura S.B. dijo...

Es bastante duro tener que pasar por esos momentos pero desgraciadamente sucede. Está muy bien desarrollado el relato, me gustó mucho.

JJ Campagnuolo dijo...

Que hermoso, es doloroso vivir con un familiar en esas condiciones, pero muy en el fondo ellos están tranquilos, con su cabeza en otro mundo... te quedó genial el relato, nos seguiremos leyendo.

hada fitipaldi dijo...

Jo, que precioso, pero que triste. Es desgarrador como las personas pueden perder los recuerdos de esa manera, y tiene que doler muchísimo. Está genial, Maga. Felices fiestas!

Déborah F. Muñoz dijo...

se me han saltado las lágrimas, está genial

albaa! dijo...

Muy bonito el relato, tierno y por desgracia real. Felicidades por este texto, y feliz navidad :)

Tania Yesivell dijo...

Que tierno, y que triste. La vida hace la grosería de ser ambas cosas a la vez.

laura dijo...

Hermoso, profundamente humano y hasta un poco doloroso diría pero tan real que la deja a una pensando.

bellisima elección Maga, me encantó

un beso

Dora Ku dijo...

Dicen que si una ejercita el cerebro, difícilmente contrae Alzheimer, me atengo a esta afirmación, pero no dejo de sentir cierta aprensión ente dicha enfermedad.
Las personas de la tercera edad, comenzamos a ser relegadas por las generaciones anteriores a nosotros, así que agradecemos a quienes todavía nos toman en cuenta.Al resto, puedo decirles que algún día,también serán relegados.
Hermoso tu relato, hermoso y realista.
Felicidades para ti y los tuyos: Doña Ku

Athena Rodríguez dijo...

¡Hola, hola! Disculpa que no había podido pasarme, pero finalmente estoy aquí.

Primero, gracias por leerme y por comentar. Después, muchas gracias por compartir tu escrito, me identifique tanto con Marcela que hasta pude verla, sabes, dirás que estoy loca, pero en verdad fue extraño, con un toque cálido a la vez.

Me regalaste un gran momento.