lunes, 21 de febrero de 2011

Un día más - Especial San Valentín de Adictos a la Escritura.




Gonzalo subió los escalones lentamente.
Sentía las piernas rígidas de cansancio, y le molestaban los brazos cuando hacia algún movimiento precipitado. Había sido un día de trabajo más arduo de lo habitual. San Valentín, o el día de los enamorados, ganaba trascendencia año a año, y los pedidos de flores no habían dejado de llegar.
Distinguía en su ropa el dulce aroma de las flores. Pese a los años que llevaba trabajando en la florería, aún separaba los perfumes, captaba la sutileza de las azucenas, los lirios, orquídeas, y pimpollos de rosas, de los más fuertes y embriagantes, como los jazmines, las gerberas y las alstroemerias. Disfrutaba aprendiendo los nombres en latín de cada flor y planta, saber de dónde eran originarias y qué especies se podían encontrar en diferentes países.
Pero esa noche estaba demasiado cansado para pensar en la agradable fragancia que iba dejando a su paso.
Todavía desfilaban en su mente las imágenes de las mujeres que habían recibido las flores que les enviaban sus novios, maridos y amantes. Podía verlas como en una presentación de diapositivas, una detrás de otras, los gestos de sorpresa, de placer, las lágrimas en los ojos…
A él apenas sí le habían dirigido una mirada distraída, pero las recordaba a todas, de diferentes edades, lindas, rubias, morochas, elegantes, sencillas… Más de una había perdonado un desliz o una mentira con esas flores. Otras habían sentido renacer la esperanza o la ilusión.
Ninguna estaría sola esa noche.
Gonzalo, mientras tanto, abrió la puerta de su apartamento.
El calor de febrero era cada vez más insoportable. La humedad se respiraba en el aire viciado, así que fue directo a abrir las ventanas. No había brisa, la noche estaba nublada una vez más y los sonidos de la calle apenas se escuchaban desde allí.
Se quitó la remera manchada de verde y fue a la cocina por un vaso de agua. Volvió a la sala, y se acercó a la pecera, donde el último pez nadaba incansablemente. Estuvo observándolo comer su ración y tomó nota mental para cambiarle el agua por la mañana. El pez subía y bajaba entre las plantas de adorno, con la única preocupación de su vida satisfecha, y la mirada insondable, o quizás aburrida.
Después de un rato, también él se aburrió.
Se sentó a la mesa y siguió ignorando la cascada de facturas sin controlar. En el boul de las frutas quedaba un reseco racimo de uvas; a la taza de café de la mañana se le unió el vaso que acababa de vaciar; y se había olvidado de comprar cigarrillos.
Escuchó el silencio acostumbrado a compartir esas cuatro paredes con él. Vio las sombras danzar por la habitación. La noche seguía avanzando, San Valentín llegaba a su fin.
El cansancio le pesaba sobre el ánimo, como una roca sujetándolo a la cotidianidad de su vida.

6 escribieron conmigo.:

Dre!k de'Lenfent dijo...

Bueno... si cambiamos la florería por una peluquería, tendría que hacerte juicio por plagiar mi vida :P
muy bueno y muy realista, me encanto (como siempre)

KaRoL ScAnDiu dijo...

Ohhhhh... es tierno, triste pero muy tierno y real.
Cuantos vivimos un día que para los demás es algo que conmemorar, como parte de un día más de nuestra vida y tareas... me gustó mucho, mi Maga...
Eres increíble:D

kissess

Iris dijo...

Me dio pena el muchacho. Una cosa es, no celebrar San Valentín y otra verse tan solo, pero así es la vida y así nos la contaste. Y te quedó estupendo.

Me encantó!

Besos

Sidel dijo...

Hola, si estoy con Iris, este muchacho esta muy solo...un poco triste, pero muy bien escrito. Saludos!

cbcalero dijo...

Hola me encanto lo que ley sigue asi se que vas a convertirte en una gran escritora ya eres grande y se que lo seras aun mas.

Déborah F. Muñoz dijo...

por fin encuentro un hueco para pasarme por tu blog (es que he ido en orden) y, como siempre, no decepcionas. ¡Un saludo!