El proyecto de Adictos a la Escritura correspondiente al mes de diciembre, tenía como consigna "retorcer al monstruo", en éste caso un demonio, como se eligió por votación.
A mí eso me suena a lucha libre, jaja, así que espero que mi cuento cumpla con la consigna. Les dejo algo más de aclaración hacia el final, para no "revelar aspectos que puedan afectar la trama" ;-)
**********************************
La puerta de la cocina seguía chirriando de igual modo que antes.
Él la dejó deslizarse hasta chocar suavemente contra la pared. Después de eso, cayó un silencio ominoso sobre toda la habitación, y dio de lleno contra su pecho. Contuvo la respiración, esperando que algún sonido de alarma revelara su presencia, pero el silencio se extendió, pasó de él, llegó a las flores semi muertas del jardín y frenó la acometida de la brisa entre las hojas de los árboles.
El hombre entró en la casa y cerró la puerta con mucho cuidado, casi esperando a que su madre entrara en la oscura cocina para reclamarle que no metiera tanto escándalo.
Pero la madre no entró: llevaba muerta demasiado tiempo, ya su cuerpo no sería más que cenizas escapando entre las maderas putrefactas del ataúd.
Estaba solo.
Perfecto.
Caminó por los pasillos sin encender ninguna luz. Recordaba esa casa hasta la última baldosa. Los muebles eran todos diferentes, pero pasaba la mano por la pared junto a la puerta de la sala y allí, bajo las capas de pintura, seguía impregnada su sangre, la sangre que le cobrara papá por romper el vidrio del vecino con la pelota, aquel verano a sus siete años. Cuando eres tan pequeño, te pueden tomar con facilidad de la nuca y aventarte con fuerza contra la pared. Ésta aguanta, aunque un poco de material se estrelle contra la alfombra y se bebe tu sangre mientras caes inconsciente durante un par de semanas. A papá le gustaba cobrarse todas sus deudas, y por mucho tiempo él fue un niño capaz de generarlas una tras otra.
La sangre en la pared, después de tantos años, y su cabeza ya tocando el dintel de la puerta mientras su padre... ¿quién sabe dónde estaría?
Pero él, se dijo, sí sabía donde estaba, y para qué había vuelto a su antigua casa después de tantas décadas de vivir de apartamento en apartamento, de pensión en pensión: él tenía un propósito.
De niño había sido muy solitario. Tenía pocos juguetes, casi todos productos de su ingenio y de lo que podía quitarles a otros niños sin que se dieran cuenta. Los llevaba a casa, y los escondía en su lugar secreto: una caja de cartón muy vieja, a la que cubría con fundas de almohadones más viejas aún. Allí guardó durante mucho tiempo todos sus tesoros... hasta que papá la encontró y se dio cuenta que eran tesoros ajenos. Entonces fue cuando pasó lo de la mano.
Años después se dio cuenta que en vez de dos dedos inútiles y deformes podría haber tenido diez, si su madre, en uno de sus últimos ataques frenéticos no hubiera saltado sobre la espalda de su marido, reclamando no que dejara de golpear a “su hijo” sino que le cobrara a ella esa falta.
Y su padre lo hizo, porque siempre cobraba sus deudas.
Cada vez que se sentía solo, abatido y distanciado de su calidad de niño, le bastaba con recordar el dolor de su mano, el sonido de los pequeños huesitos machacados contra el mármol del baño. Y el castigo fue una enseñanza, porque su padre también fue un maestro de vida.
Desafiado a ser más listo que los demás, más ingenioso que los adultos, creó su segundo “lugar secreto”… y éste lugar estaba arriba, esperándolo en su antigua habitación.
Caminó por las escaleras pisando fuerte. Las paredes allí estaban más desiertas que en toda la casa, sin un cuadro o un reloj que distrajera la atención de los escalones desnudos.
La sangre en la pared, después de tantos años, y su cabeza ya tocando el dintel de la puerta mientras su padre... ¿quién sabe dónde estaría?
Pero él, se dijo, sí sabía donde estaba, y para qué había vuelto a su antigua casa después de tantas décadas de vivir de apartamento en apartamento, de pensión en pensión: él tenía un propósito.
De niño había sido muy solitario. Tenía pocos juguetes, casi todos productos de su ingenio y de lo que podía quitarles a otros niños sin que se dieran cuenta. Los llevaba a casa, y los escondía en su lugar secreto: una caja de cartón muy vieja, a la que cubría con fundas de almohadones más viejas aún. Allí guardó durante mucho tiempo todos sus tesoros... hasta que papá la encontró y se dio cuenta que eran tesoros ajenos. Entonces fue cuando pasó lo de la mano.
Años después se dio cuenta que en vez de dos dedos inútiles y deformes podría haber tenido diez, si su madre, en uno de sus últimos ataques frenéticos no hubiera saltado sobre la espalda de su marido, reclamando no que dejara de golpear a “su hijo” sino que le cobrara a ella esa falta.
Y su padre lo hizo, porque siempre cobraba sus deudas.
Cada vez que se sentía solo, abatido y distanciado de su calidad de niño, le bastaba con recordar el dolor de su mano, el sonido de los pequeños huesitos machacados contra el mármol del baño. Y el castigo fue una enseñanza, porque su padre también fue un maestro de vida.
Desafiado a ser más listo que los demás, más ingenioso que los adultos, creó su segundo “lugar secreto”… y éste lugar estaba arriba, esperándolo en su antigua habitación.
Caminó por las escaleras pisando fuerte. Las paredes allí estaban más desiertas que en toda la casa, sin un cuadro o un reloj que distrajera la atención de los escalones desnudos.
Subió deprisa y caminó con indiferencia ante las puertas cerradas.
Si fuera aún el niño de siete años, mirando como la cara de su padre se va volviendo cada vez más roja mientras extiende un cheque hacia el vecino del vidrio roto, sería cuidadoso, caminaría con sigilo por esa oscuridad tan callada, que parecía pronta a saltar sobre su espalda en la forma fornida de su padre, o en el perfume dulzón de su madre…
Pero es un adulto, y se repite que tiene un propósito, así que entra en su habitación y ve que el antiguo ropero sigue allí, aunque ahora no hay camas ni escritorio para las tareas: junto a la ventana descansa una cansada máquina de coser, semi cubierta por una sábana. Da la impresión de que una mano fantasmal hubiera tirado de ella, arrastrando hilos de todos los colores, y seguramente algunas agujas y alfileres. A los pies de una silla, una víbora muerta cuenta la historia de una cinta métrica de costurera, y junto a una de las paredes se alinean perchas de todos colores, de las que solo cuelga un abrigo de tweed cubierto de polvo.
La casa puede estar abandonada desde hace años, pero alguna fuerza mantiene al margen a los intrusos.
Si fuera aún el niño de siete años, mirando como la cara de su padre se va volviendo cada vez más roja mientras extiende un cheque hacia el vecino del vidrio roto, sería cuidadoso, caminaría con sigilo por esa oscuridad tan callada, que parecía pronta a saltar sobre su espalda en la forma fornida de su padre, o en el perfume dulzón de su madre…
Pero es un adulto, y se repite que tiene un propósito, así que entra en su habitación y ve que el antiguo ropero sigue allí, aunque ahora no hay camas ni escritorio para las tareas: junto a la ventana descansa una cansada máquina de coser, semi cubierta por una sábana. Da la impresión de que una mano fantasmal hubiera tirado de ella, arrastrando hilos de todos los colores, y seguramente algunas agujas y alfileres. A los pies de una silla, una víbora muerta cuenta la historia de una cinta métrica de costurera, y junto a una de las paredes se alinean perchas de todos colores, de las que solo cuelga un abrigo de tweed cubierto de polvo.
La casa puede estar abandonada desde hace años, pero alguna fuerza mantiene al margen a los intrusos.
Se mueve hacia el armario y siente como el polvo se levanta a su paso y se cuela por su nariz y boca.
Podría haber sido algo sencillo, pero cuando llega junto a la pared, se da cuenta que el mueble no está en su antigua posición, así que tendrá que correrlo. Pero no importa: él es grande y fuerte ─como papi─ y no tendrá problemas en moverlo. Empuja con suavidad hacia un lado, y aún así escucha el sonido de la ridículamente débil pata al quebrarse; el armario comienza a caer hacia delante y él lo suelta y se aparta lo justo para que la nube de polvo no lo asfixie. El ruido es ensordecedor, y retumba por toda la casa, como un sonido surgido de las propias tinieblas, incapaz de dejar indiferente a ningún muerto.
Sin embargo, los muertos no acuden al llamado, y él tiene un verdadero ataque de risa al darse cuenta que se ha convertido en un vándalo en su propia casa.
Minutos después, la risa también muere. Mira la pared, y la luz que entra por la ventana desde la calle le permite descubrir que muchas capas de papel cubren su secreto.
Con las manos como garras y las uñas endurecidas por el tiempo y la práctica, arranca el papel de la pared y lo deja caer a sus pies. Quizás un día, con mucha suerte, originen un incendio que devore esa casa hasta los cimientos.
La madera queda pronto a la vista. Con un golpe de puño logra hundirla y astillarla y con impaciencia la arranca de la entrada del boquete.
Mete las manos y saca una caja de lata que alguna vez estuvo adornada de flores, e incluso antes de eso guardó deliciosas galletas de miel. Junto a ella se escapa un hedor pesado, cargado de violencia, que se arrastra por la habitación como una fiera, como un presagio…
La caja pesa en sus manos. Recuerda que la última vez que espió en su interior, tuvo que hacer un gran esfuerzo para quitar los ojos de su espumante contenido, y devolverla a su lugar con una fuerza que nadie diría que tuviera (en aquel tiempo era un adolescente escuálido).
Ahora el contenido estaba seco ─silencioso─ solo un poco pegoteado hacia el fondo.
Los huesos eran una única criatura, los diferentes tipos y colores de pelo eran una madeja, los dientes, las mandíbulas, eso sí, eran todas distintas, como si en una zona de la pared se hubiera criado a una criatura amorfa, cruza de gato, rata, cachorro de perro, incluso gorrión, y se hubiera muerto de inanición por el descuido de un dueño que por años olvidó la existencia del hueco en la pared.
Pero en esa caja nadie se murió nunca de hambre: solo la rata soportó en el encierro sus últimos dolorosos momentos, con el aliento sibilante propio de quien agoniza y la sangre manando de su estómago abierto como si no fuera a detenerse nunca. Los gusanos, supone, se fueron cuando no quedó nada que saborear.
Esos sí eran verdaderos sobrevivientes.
Con el ánimo revitalizado se puso la caja bajo el brazo y saltó de escalón en escalón escuchando el entrechocar de los huesitos. Son galletas quebradas, quizás. Galletas rancias, ahora.
Salió de la casa y cerró la puerta por última vez. El silencio volvió a cubrir sus pasos, como la manta sobre los ojos de quien no quiere ser devorado por la oscuridad.
*************************************
Todos hemos empleado alguna vez la expresión "demonios internos", e incluso hemos llegado a decir de alguna persona que es un demonio. Éste cuento trata de los miedos, la violencia, la maldad que todos los seres humanos somos capaces de sentir, pero que para muchos, lamentablemente, es algo cotidiano. Esa maldad, suele ser algo que se hereda, ya sea por ignorancia o porque es el modo que se cría una persona y que siente el mundo. Así que se puede decir que éste cuento tiene muchos demonios, los que llevamos dentro y no sabemos contener, y que dejamos en herencia a nuestra familia.
Como siempre, gracias por leerme, y con gusto leeré comentarios, sugerencias y críticas.
Feliz Año Nuevo!!
Podría haber sido algo sencillo, pero cuando llega junto a la pared, se da cuenta que el mueble no está en su antigua posición, así que tendrá que correrlo. Pero no importa: él es grande y fuerte ─como papi─ y no tendrá problemas en moverlo. Empuja con suavidad hacia un lado, y aún así escucha el sonido de la ridículamente débil pata al quebrarse; el armario comienza a caer hacia delante y él lo suelta y se aparta lo justo para que la nube de polvo no lo asfixie. El ruido es ensordecedor, y retumba por toda la casa, como un sonido surgido de las propias tinieblas, incapaz de dejar indiferente a ningún muerto.
Sin embargo, los muertos no acuden al llamado, y él tiene un verdadero ataque de risa al darse cuenta que se ha convertido en un vándalo en su propia casa.
Minutos después, la risa también muere. Mira la pared, y la luz que entra por la ventana desde la calle le permite descubrir que muchas capas de papel cubren su secreto.
Con las manos como garras y las uñas endurecidas por el tiempo y la práctica, arranca el papel de la pared y lo deja caer a sus pies. Quizás un día, con mucha suerte, originen un incendio que devore esa casa hasta los cimientos.
La madera queda pronto a la vista. Con un golpe de puño logra hundirla y astillarla y con impaciencia la arranca de la entrada del boquete.
Mete las manos y saca una caja de lata que alguna vez estuvo adornada de flores, e incluso antes de eso guardó deliciosas galletas de miel. Junto a ella se escapa un hedor pesado, cargado de violencia, que se arrastra por la habitación como una fiera, como un presagio…
La caja pesa en sus manos. Recuerda que la última vez que espió en su interior, tuvo que hacer un gran esfuerzo para quitar los ojos de su espumante contenido, y devolverla a su lugar con una fuerza que nadie diría que tuviera (en aquel tiempo era un adolescente escuálido).
Ahora el contenido estaba seco ─silencioso─ solo un poco pegoteado hacia el fondo.
Los huesos eran una única criatura, los diferentes tipos y colores de pelo eran una madeja, los dientes, las mandíbulas, eso sí, eran todas distintas, como si en una zona de la pared se hubiera criado a una criatura amorfa, cruza de gato, rata, cachorro de perro, incluso gorrión, y se hubiera muerto de inanición por el descuido de un dueño que por años olvidó la existencia del hueco en la pared.
Pero en esa caja nadie se murió nunca de hambre: solo la rata soportó en el encierro sus últimos dolorosos momentos, con el aliento sibilante propio de quien agoniza y la sangre manando de su estómago abierto como si no fuera a detenerse nunca. Los gusanos, supone, se fueron cuando no quedó nada que saborear.
Esos sí eran verdaderos sobrevivientes.
Con el ánimo revitalizado se puso la caja bajo el brazo y saltó de escalón en escalón escuchando el entrechocar de los huesitos. Son galletas quebradas, quizás. Galletas rancias, ahora.
Salió de la casa y cerró la puerta por última vez. El silencio volvió a cubrir sus pasos, como la manta sobre los ojos de quien no quiere ser devorado por la oscuridad.

12 escribieron conmigo.:
Terrible Maga. Es duro de leer. Sobre todo sabiendo que no es fantasía. Muy bien escrito.
Coincido con Marcos. Terrible y duro de leer.
Duro... triste y profundo...
Nada como los demonios interiores de uno...
Es una historia horrible, el maltrato a los niños, la crueldad que deja mella en un adulto de caracter, ahora, deformado...
Una excelencia de relato querida Maga...
Besos de Mamá Karol jajaj:D
un gran relato, bastante duro. Es cierto que los peores demonios son los que llevamos dentro
Dios terrible, se siente es muy triste. Pero genial la manera de escribirlo. Besos.
Coincido en que el relato es muy duro, y lo más duro pensar que existe en la realidad. Pero está muy bien narrado, maga. Un trabajo increíble. Besos
Mi querida Maga, tienes MEME en el blog:
http://deseoyoscuridad.blogspot.com/2010/12/meme-lo-mejor-del-2010.html
Kissess
Siento no leer tu escrito, pero aún no me encuentro con fuerzas, estos virus me cogieron demasiado cariño ¡qué pena que no sean hombres! Jajaja.
Te deseo un 2011 pleno de pasión, tanto en tu vida personal como en esas palabras que con tanta maestría sabes enlazar.
Un placer haberte conocido y haberte leído.
FELIZ AÑO NUEVO.
~Ade~
Que en el nuevo año tus deseos y sueños se hagan realidad. Que la ilusión, la pasión y la alegría te acompañen cada día, que la felicidad se convierta en tu sombra y se instale sin pedirte permiso en tu hogar.
Feliz 2011 pleno de fuerza, pasión y un toque de locura y diversión.
Besos
Mariola.
Muchas gracias por sus alentadoras palabras.
Gracias por pasar a comentar, incluso a quienes no pudieron participar éste mes :-)
Ade, está afectándote la fiebre, jajaja.
Les deseo muchas felicidades también, tanta pasión como se nota que ya tienen (más quizás sería preocupante).
Y extiendo mis deseos de alegría, éxitos, salud y prosperidad a todos.
Besos!!
Muchas felicidades para este año, dale vida a tus sueños y que la crisis económica pase de largo.
¡¡Feliz año 2011!!
Un abrazo.
Ricardo, muchas gracias, igual para tí.
En cuanto a la crisis, es mi segundo nombre, ya nos toleramos una a la otra ;-)
Beso!
Publicar un comentario en la entrada