Hola a todos.
La entrada de hoy está relacionada con el proyecto de Adictos a la Escritura del mes de noviembre, y consiste en escribir un cuento relacionado con Halloween o, como muchos lo conocemos, el Día de los Muertos.
Como siempre espero sus comentarios y sugerencias, sobre todo en lo que concierne al título...
Gracias por leerme y comentar.
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Doña Blanca bajó de la cama, calzándose con lentitud las pantuflas sin talón. De un tiempo a acá, el 60% de su calzado no tenía talón, y eso le ahorraba momentos angustiantes por las mañanas.
Alcanzó el saco que había dejado la noche anterior a los pies de la cama, y se lo echó sobre los hombros. Por la ventana entraba un alegre rayo de sol que le hizo sospechar que el clima estaba agradable y confió que sus viejos huesos estuvieran de acuerdo con su intuición.
Salió del cuarto arrastrando los pies, el blanco del camisón haciendo más oscuro el violeta de las venas en las piernas. Caminó por el pasillo sin querer ver más por entre los visillos de las angostas ventanas que la luz del sol recortada sobre los árboles.
Al llegar a la escalera se recordó que el cuarto escalón estaba suelto, y bajó con cuidado agarrando con firmeza el barandal.
Abajo la casa estaba más oscura, como si se ubicase en la otra cara del mundo que aún dormía. Pero a ella no le molestaba la oscuridad, a veces hasta la prefería, sus ojos se cansaban con mucha más facilidad ante la luz. Guiándose por instinto se dirigió a la callada cocina donde ya no flotaban el perfume del café pronto ni de las tostadas con manteca y después de descorrer cerrojos, llave y cadena abrió la puerta y salió al jardín.
Allí sí que se oían cantar con ganas a los pájaros, embullendo todos los sonidos de la ciudad. Doña Blanca pasó bajo la parra, las pantuflas claras barriendo hojas y pétalos. Se inclinó con cuidado ante las rosas pequeñas, los tulipanes, el jazmín mimado, las alegrías, pero sobre todo los pensamientos.
Con los brazos cargados de aromas y colores, como una novia matutina, tornó a la casa.
Cruzó nuevamente la cocina y entró a la salita de muebles pequeños, impecables. La noche anterior ya había dejado preparados los jarrones con el agua, tapados para que ningún insecto naufragara en ellas. Dejó las flores, y sujetándose con ambas manos, se arrodilló con mucho cuidado frente a la mesita baja y comenzó la silenciosa tarea de quitar gajos secos, hojas dañadas, pétalos feos, espinas, alguna hormiga despistada.
Cuando terminó, tenía ante sí cuatro floreros, todos diferentes, desbordando flores de todo tipo, gotas derramadas sobre el cristal de la mesita, y una cuidada pila de deshechos. Se levantó con el mismo cuidado que empleara antes, sintiendo el crujido de las rodillas, la punzada en el muslo derecho y el adormecimiento de un pie. Estuvo unos momentos quieta en el lugar, dándole tiempo a su cuerpo para que se adaptara.
Después comenzó a moverse, el fru fru de las pantuflas sobre la alfombra un poco más insistente que antes.
Colocó sobre el amplio estante de la estufa los floreros y tomando el encendedor que siempre dejaba allí, encendió una a una las velas.
Solo después fijo la vista en las fotos.
Desde un marco de plata la observaban un hombre y una mujer de miradas insondables. Ninguno sonreía. Ni siquiera parecían conocerse entre sí, pero doña Blanca conocía la historia detrás de la imagen y recordaba los tiempos en que eran “mamá y papá”.
En el portarretrato transparente siempre estaba el muchacho de boina que le sonreía ampliamente con los brazos en la cintura. Se llamaba Julio, y cuando le tomaron la foto tenía dieciséis años. Cuando se fue también.
Aunque más reciente, la siguiente imagen parecía haberse deteriorado un poco: junto a los bordes blancos habían manchas amarillas, y una eterna novia color sepia sonreía junto a su novio a la salida de la iglesia. La misma mujer, pero más madura, le observaba detrás de la cabecita de un bebé dormido poco después.
Colores de verdad, demasiados, inundaban la siguiente fotografía, incluso quitándole nitidez a los rostros. Allí estaba ella también, única entre el otro hermano y su mujer, incluso aquel primo que salía tomándola del brazo, que ya no era joven y alegre.
El marco negro protegía la imagen de un hombre serio que la contemplaba con insistencia, el bigote fino, el pelo peinado hacia atrás y la corbata, como siempre, torcida hacia a un lado. Los ojos azules, de un azul falso que les dio la fotografía. En realidad eran más claros.
Doña Blanca siguió mirando y se encontró con su sonrisa de años setenta, la camisa roja dentro del jean, la mano apoyada sobre el pecho del hombre que la seguía mirando, ahora desde debajo de un árbol, los labios entreabiertos en alguna frase perdida en el aire de la tarde. Y a sus pies, un perro blanco dormido. Oliver.
Cuando mirarlos a todos una vez más fue suficiente, doña Blanca les dijo:
─Para ustedes.
Y cerró los ojos sin atreverse ni a rezar.
De un tiempo a esta parte le parecía que los veía por el rabillo del ojo, observándola en silencio como si se limitaran a esperar.
Los años seguían su curso, y después de un rato en muda contemplación del pasado, doña Blanca decidió terminar el día de los muertos bebiendo su té junto al rosal.
A veces la luz del sol le dañaba la vista, pero los días en que los muertos venían a recordarle que engrosaban filas junto a la de los vivos, prefería quedarse fuera hasta que el aire comenzaba a enfriar, distrayendo la mente de recuerdos lejanos, y convenciéndose de nuevo que no le dolía la soledad.

13 escribieron conmigo.:
Es terrible la soledad, y sobre todo vivir entre recuerdos. Mi relato se parece mucho, también basé la historia en la misma idea.
PD: al principio creí que iba a enterrar a alguien en el jardín, yo y mis gustos macabros XD
Me parece preciosa su historia, y muy apropiada para el proyecto. Está muy bien narrado, y en pocas palabras hacemos un recorrido muy original, a través de fotografías (que mejor forma de recordar), por el pasado de Doña Blanca. Has conseguido crear un clima entrañable. El título es lo único que a lo mejor, podrías poner más corto, algo así como "Recordando", pero con otra palabra, aunque yo para los títulos soy muy mala. Genial Maga!! Un besazo
¡Pero sí queda! Además de ser bonita... en un sentido muy triste. Mis felicitaciones, en serio vi a Doña Blanca.
Preciosa y real. Me ha encantado. Es una gran reflexión al terror en este mundo.
Oye, pásate por mi blog y contéstame (te hago una pregunta), please. Así aprendo un poco de ti. ¡Gracias!
Que bella y triste historia querida Maga...
La pobre anciana se despidió y ahora llora a todos los suyos que ya no están... hermoso relato:D
kisses
A mí el título me gusta, creo que le va que ni pintado. La historia refleja fielmente lo que deben de sentir muchas personas de avanzada edad. Un saludo
Muy hermoso, Maga. Qué mala es la sensación de soledad. Y ver marchar a todos los seres queridos. Jolín, voy a llevar mal este ejercicio, me acabáis sacando lágrimas todas.
Besitos
-.- te odio... me has echo llorar!
muy hermoso maga de verdad, y triste, la soledad es triste...
Espero que leas el mio.. y me digas con la sinceridad de siempre que te parece :)
Es muy triste que las cosas sean asi y que al final uno siempre termine solo. Es una historia muy linda, lastima que aqui no se acostumbre festejar de esta manera, recordando a quienes nos dejaron, sino copiando inutiles tradiciones yankies.
Un gusto leer el relato.
Saludos!
Muchas gracias a todos por su relato.
Disfruté mucho rebanándome los sesos pensando un buen enfoque, y sobre todo leyendo la diversidad de textos que surgieron de todos ustedes.
Es un gusto participar junto a ustedes en esta adicción compartida.
Besos!
Nadie ha visto ese "relato" de la primera frase :-P
He querido decir "Muchas gracias por sus comentarios", disculpen el cansancio :-)
precioso, maga. Y además original (si te soy sincera, yo esperaba lo mismo que Laura XD). Siento haber tardado tanto en leerlo, estoy de exámenes...
Muy bueno Maga, has conseguido transmitir muy bien el sentimiento de soledad y tristeza. Se hace muy real gracias a tus palabras. Felicidades.
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